Dios

     
      Dios existe. Al menos existe un ente con poder sobre todas las cosas. Sin embargo, no es como lo piensan las religiones. Dios no es un ente en sí sino un cargo que se ocupa por turnos. Sólo unos pocos pueden llegar a ser Dios y son elegidos y capacitados desde su infancia. Al ser la persona más sabia en ese momento, Dios es el encargado de elegir y educar a su sucesor.

     
      No cualquiera tiene acceso a esta información. Yo lo sé porque a mí me fue prometido ser Dios. Cuando era chico, muy chico (no me acuerdo exactamente a qué edad), estaba una tarde de sábado sentado en el mármol de la gran escalera blanca de mi casa. Mientras paseaba mi vista por el techo, las paredes y los cuadros, una voz empezó a hablarme desde adentro de mi cabeza. La voz era tranquila y gentil, y me explicó que era Dios y cuál era su propósito conmigo. Me invitó a su lugar de trabajo y, en el momento en que accedí, aparecí sentado en una silla frente a un gran escritorio de vidrio. Del otro lado había una silueta amorfa, una especie de sombra o de humo.

     
      La voz en mi cabeza seguía hablando, pero ahora por alguna razón sabía que provenía de esa silueta. Me explicaba que desde ahí gobernaba a todo y a todos. La habitación estaba hecha enteramente de vidrio, o algún material transparente. En las paredes, techo y piso se veía lo que Dios quisiera. No es que se “veían” precisamente, sino que aparecían ahí, en tres dimensiones, en el tiempo real de esos lugares, algo que pasaba o pasó en el planeta o en el universo en cualquier momento.

     
      Algunas de las pocas imágenes que pude entender fueron: un grupo de estrellas chocando entre sí, un chico con gorra y bate de béisbol jugando en una plaza, unas figuras casi geométricas, una especie de perro musculoso que caminaba de espaldas, un grupo de personas desnudas en una cama gigante acariciándose y pegándose entre ellas, cosas brillantes, una burbuja verde, y mucho, mucho, mucho negro. Algunas de esas imágenes aún visitan mis pesadillas.

     
      Después de pasar un rato en esa habitación, me despidió prometiendo llamarme más adelante para empezar con mi capacitación. Volví a mi escalera y nunca más supe nada de Él. Durante muchos años esperé novedades suyas. Al cumplir cuarenta años, decidí venir a vivir a la montaña. Cada tanto, salgo de mi cueva y me asomo al acantilado, inspiro profundamente y miro a lo lejos. Desde ahí, presiento el campo, las ciudades, los ríos, el océano, los ciervos, los delfines, las palomas, las estrellas, los autos, las naranjas, los hombres, la rubia de grandes tetas que dobla la esquina, la nenita de la mano de su mamá, las mollejas al verdeo, la tecnología, el oro, el amor.


      Por eso, casi nunca me asomo. La última vez que salí de la cueva me agaché y arranqué una flor silvestre. Ahora la veo en mi mano casi marchita. “Tengo una flor”, me digo. Pero, ¿por qué no un tulipán? ¿por qué no cincuenta tulipanes? ¿por qué no el Amazonas? Al menos si me tuviera a mí mismo…

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Una respuesta para “Dios”

  1. yladah Dice:

    Me ha gustado mucho .~)

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