Golpes

By Santiago Broide

      
      Se me clavó un colmillo en el paladar. Siento como si un destornillador que se me metiera en la carne dura del paladar. La sangre se confunde con la saliva. Hace rato que dejé de controlar la saliva, que se escabulle por mi mandíbula rota y mi boca deformada. Y la baba roja cae lentamente por mi cara y hacia mi remera.

     
      Es raro a esta altura sentir un dolor distinto. Y ese diente con su dolor seguirán ahí hasta que otro martillazo los saque de su lugar. El último dolor novedoso que sentí fue cuando se me rompió la oreja. Los cartílagos se convirtieron en pequeños pedacitos que crujían constantemente. A la larga, y después de otros golpes, mi tímpano izquierdo quedó destruido. En esa oreja ya casi ni siento dolor, como tampoco escucho nada.

     
      También fui perdiendo gradualmente sensibilidad en otras partes de la cabeza y el cuerpo. Parece que, a pesar de que los martillazos siempre son en la cabeza, todos los nervios están conectados. De esa manera, todo el cuerpo sufre las consecuencias.

     
      Lo mejor es cuando quedo inconciente. Para que suceda eso no me tiene que golpear en ningún lugar en especial. Generalmente quedo inconciente cuando me pega varios martillazos seguidos o cuando acierta uno justo en alguno de los moretones que tengo más sensibles. Pero también puede pasar de improviso, con un golpe seco en cualquier lugar. Es entonces que pierdo la noción de todo. Cuando despierto siento que tengo un montón de moretones nuevos, pero no sufrí los golpes que los provocaron.

     
      Por supuesto que no me quejo ni me voy a quejar de esta situación. Todo esto es mi culpa, soy yo el que no para de poner la cabeza en el camino de su martillo. Y si me quejo, él se va a dar cuenta de que es mi culpa y me va a echar en cara que nunca le dejo usar su martillo libremente, de que siempre le pongo mi cabeza en su camino.


      A veces sospecho que ya lo sabe y me lo comunica con indirectas, como pegándome dos o tres martillazos seguidos o amagando apuntar al ojo. Pero no falta mucho para que yo salga ganando de esta situación. Ojos, no tengo para que me golpee, ya se me explotaron los dos; oídos, sólo me queda uno en funcionamiento; y cada vez tengo menos sensibilidad en el resto de la cabeza. Cuando pierda lo que me queda, ya no podrá comunicarse conmigo. De esa manera él inevitablemente dejará de reafirmar esta culpa en la que estoy hundido.

Etiquetas: , , , , ,

Escribe un comentario