Me gustaba ir a pasear por Puerto Madero. Me consideraba ajeno a ese lugar y por eso mismo lo disfrutaba. No le debía nada y no tenía nada que demostrarle. Cuando caminaba por el dique sentía que estaba de vacaciones, sobre todo en días fríos en los que hay poco movimiento. Quizás porque aprovechaba para metamorfosearme en un turista nórdico más, de los que siempre andan por allí con su pelo rubio, sus ojos claros, su gran estatura, y sus idiomas raros.
Siempre que podía me acercaba a ese barrio y vagaba solo por todos lados. Solamente me dejaba conducir por mis instintos; era libre. Cada vez que dejaba aquel barrio para meterme nuevamente en la rutina o para ir a mi casa, me daba cuenta de la gran cantidad de tiempo que invertía. Entonces me preguntaba si esta actividad era útil. No aprovechaba el tiempo para estudiar, ni para laburar, ni para escribir; ni siquiera el divagar en cuerpo y alma me inspiraba ideas para volcar en un papel.
El día que me crucé por primera vez con quién tomaría el nombre “Porto” estaba caminando a lo largo del dique en dirección al edificio de Buquebus. Cuando estaba por llegar al Puente de la Mujer, Porto salió del puente en mi dirección. No le presté atención hasta que me lamió la mano de prepo.
Lo miré. Me miró. Era gris como la melancolía y en sus ojos opacos no se reflejaba mi imagen. Seguí caminando y él no se apartó de mi lado. Me acompañó por toda Costanera Sur y otra vez hasta Puerto Madero. Cuando crucé la avenida Alicia Moureau de Justo se quedó del otro lado. No nos dijimos nada, cada uno se dio vuelta y se fue.
Al día siguiente no apareció. No me sorprendió: seguramente era un perro callejero más buscando compañía o comida. De todos modos, crucé el Puente de la Mujer lentamente para quedarme un rato en el lugar donde lo vi por primera vez, donde había sido creado para mí. Tal vez aparecería a la misma hora y en el mismo lugar como sucede con el sol. Ese día me sentí más solo que nunca.
Una semana después lo volví a encontrar y pareció reconocerme. Yo estaba sentado en un banco frente al dique sobre Azucena Villaflor cuando se me acercó. Extendí la mano del primer contacto, me la volvió a lamer y se sentó a contemplar la vista al lado mío, con-migo. Nunca antes había sentido tan presente esa sensación de compartir algo, de estar acompañado; ninguno de los dos se sentía juzgado por lo que era, reflejaba o pensaba. En su compañía podía ser quien yo quisiera.
Nos quedamos ahí, paralelos, en silencio, mientras el sol subía y volvía a bajar. Cuando oscureció, los dos ya sabíamos qué iba a pasar. Lo abracé y me fui conciente que no me iba a acompañar. En ese momento lo apodé Porto.
Dos días después nos volvimos a cruzar caminando por la reserva ecológica. Nos saludamos como viejos amigos: un abrazo y un beso en la mejilla. Hasta el atardecer paseamos tanto como nuestras piernas nos permitieron. Cuando nos cansábamos, nos sentábamos a un costado del río y jugábamos a tirarnos agua.
A eso le siguieron las mejores semanas de mi vida. Todo en mi rutina y mi propia vida tenía un sentido: ir a Puerto Madero para encontrarme con Porto, hablar sin parar de nuestras vidas y compartir nuestros miedos recurrentes. Lo hacía cada vez que tenía un poco de tiempo libre y cada vez más seguido.
Un día como cualquier otro, caminando hacia el lado de Buquebus como tantas veces -y como la primera vez-, decidí no parar y seguí caminando. No frené hasta llegar al aeropuerto Jorge Newbery en Costanera Norte. No sé cuándo Porto habrá dejado de seguirme.
Ahora voy siempre a hacer mis caminatas a Costanera Norte. No creo que él haya salido jamás de Puerto Madero.