Despierto, bajo de la cama y abro la puerta. La luz quema mis ojos y tardan en acostumbrarse a la claridad. Entre el encandilamiento veo pasar a alguien corriendo desesperadamente por la calle de piedras hacia abajo.
Mi corazón no me permite cuestionamientos y me hace perseguirlo. Mientras lo hago, unas lágrimas comienzan a recorrer silenciosamente mis mejillas hasta entrar en la boca, esquivando las lagañas.
Cuando lo alcanzo, lo agarro del hombro y frena. Se da vuelta de golpe y me muestra su cara repleta de pelos donde ningún rasgo puede ser distinguido. El grito salado que vomité habrá despertado al resto del pueblo, si no es que yo seguía durmiendo.
Para evitar la vergüenza, me tapé la cara y corrí a toda velocidad de vuelta al albergue. Me encerré en el baño, puse un tapón en el desagüe de la pileta y la llené de agua. Sumergí mi cabeza en ella para desvelarme del todo; me sorprendió que el agua no tuviera gusto a sal. Cuando volví a verme en el espejo, solo pude ver bellos cubriendo la totalidad de mi rostro.
Sin inmutarme, volví a meter mi cabeza dentro del agua. Esta vez, para no sacarla jamás.
Mayo 23, 2008 a las 4:35 pm |
A este lo escribi en Iruya. Qué increible Iruya!