Hay muchas clases distintas de caca. Las hay de las más sólidas formas de sorete propiamente dicho hasta el licuoso “pis de culo” siempre acompañado por su típico olor a huevo rancio que se escabulle en los poros de la piel sudada. Los hay marrones claritos, oscuros, porosos, los que vienen acompañados por un poco de sangre, los que salen enteros de una, de los que se obstinan por quedar adentro y lo obligan a uno a hacer trabajo de pre-parto de soretes, los hay de los tímidos que desaparecen por las profundidades de la cañería antes de que uno se vuelva a inspeccionarlos en el inodoro, de los que se van sin ensuciar nada y permiten ahorrar papel higiénico, de los que no dejan olor y de los típicos de las gastroenteritis, entre otros.
Todos ellos vienen acá, donde trabajo. Entiendo que muchos prefieran ignorar nuestra existencia. No soportarían la idea de que las personas como nosotros somos quizás el pilar más importante de la sociedad, indispensables para su existencia. Es por eso que se someten voluntariamente a las ideas imperantes. Para la gente es fácil aceptar que las cañerías instaladas en su casa llevan sus desperdicios directo al océano aunque nunca lo hayan comprobado con sus propios ojos. Lo cierto es que si todo lo que tiraran al inodoro las miles de millones de personas que habitan el planeta fuera a donde se dice, no habría lugar para el agua en el planeta.
En realidad, esos desperdicios son traídos acá, al Centro de Redistribución y Tratamiento de Residuos Fecales (CERTREF). Entran por un caño enorme que atraviesa el techo de la institución. El Certref está ubicado en las profundidades de las ciudades, debajo de las calles, los sótanos y el subte. El de Buenos Aires es el más grande de la Argentina y uno de los de mayor tamaño de Sudamérica.
El Certref no es otra cosa que un gran ambiente de techo muy alto (10 metros aproximadamente) dividido en cientos de reducidos cubículos de plástico. Visto de lejos, el Centro parece un gran rompecabezas mal hecho, debido a que la enorme homogeneidad no resulta armoniosa.
Cada uno de los cubículos está unido al caño principal por un tubo plástico de altura regulable. Además, cada uno tiene una silla giratoria con respaldo alto, un expendedor de servilletas de papel similar al de los baños públicos y un micrófono. También tiene un par de parlantes a los que jamás se les encontró utilidad y que terminaron agrandando la lista de gastos públicos desperdiciados.
Toda la producción de excrementos del día entra por la cañería principal y es distribuido a los cubículos cada vez que uno de nosotros pide más trabajo al micrófono. En una instancia previa esos excrementos son separados de otros desperdicios. No voy a hablar de esa instancia de la que sé muy poco.
Tenemos que estar concentrados y dispuestos al trabajo todo el tiempo debido a la gran responsabilidad que conlleva con todos los ciudadanos. Nuestra tarea es simple y repetitiva, pero no por eso es aburrida. Es un gran honor trabajar acá. Muchos hacen su mayor esfuerzo sólo por el deber del servicio. Casi ni se distraen y todo el tiempo piden al micrófono más y más trabajo. Sólo unos pocos lo hacen para recibir premios especiales. Creo que yo no entro en ninguna de las dos clasificaciones, lo único que quiero es ser el mejor. Es por eso que a mí me molesta, a diferencia de los demás, alentar a los compañeros. Ellos buscan con eso lograr un mejor resultado final para el grupo. Yo no puedo hacer otra cosa que ojear a los mejores y suplicar que les suceda algo malo. De todos modos, hagamos lo que hagamos, todos tenemos objetivos mínimos de cuánta caca recibir por día. Y por eso estamos obligados a pedir.
En ese momento es que la mierda baja por el tubo plástico hasta la boquilla del extremo. Por esos tubos, yo y mis compañeros recibimos toneladas de caca en nuestras bocas. Yo hago el mayor esfuerzo para digerirla con la mejor cara de comprometido por la causa y de satisfacción por cumplir con mi tarea y gritar enseguida por más caca al micrófono. En realidad, si lo pienso un poco, creo ser bastante bueno en esto. Tal vez porque vieron cualidades especiales en mí me habrán contratado para esta tarea tan importante, pero siempre cabe la posibilidad de que lo hayan hecho para tener a alguien de quien burlarse.
Juan, que se sienta en el cubículo próximo al mío, entró desde muy joven y ha comido caca de todo tipo, caca de formas, colores y olores que yo ni siquiera me puedo imaginar. Come mucho, sin duda más que yo. Aún en los momentos en que me destaco y supero el promedio diario, siento que él traga menos pero más ricos soretes, de esos que vienen adornados con alguna que otra semilla de girasol o unos dientes de choclo bien amarillos.
Estoy siempre observando como esos soretes bajan por su tubo plástico sin parar y, entre sorete y sorete, muchas veces lo encaro y le pregunto cómo hace todo el mundo para llenarse tan bien de caca la boca de esa manera y por qué será que yo no puedo. Sin una respuesta a estos interrogantes alimento un círculo vicioso en el cual cuanto menos sé, menos posibilidades tengo de experimentar algo nuevo y aprender. Así nunca podré alcanzar al resto en experiencia. Todo lo contrario, seguirán alejándose de mí.
Jamás sabré por qué muchas veces me encuentro quejándome a Juan sobre estos temas como si él pudiera hacer algo al respecto. No puede darme una respuesta porque no me entiende y la verdad es que yo tampoco. Cada vez que me frustra esta falta de soluciones para mi vida, no puedo más que rezongar: “¡mierda!”, y enseguida me meten un suculento sorete recién fabricado que chorrea su jugo por mi pera, para acallar mi boca con tibio elixir y tranquilizar mi alma por un ratito. No hace falta mucho más para que me invada una modorra que me ahogará en una siesta acogedora.
Etiquetas: bosta, caca, escatologicos, mierda, soretes
Septiembre 25, 2009 a las 11:42 pm |
excelente… Moliterno, Freire, Bourdieu, Foucault, Varsavsky, Ortega Villargordo creo que lo encontrarían tan agradable como cuando terminé de leerlo con esa sonrisa que poco tiene que ver con la alegría…