Osvaldo escuchó un fuerte berrido de elefante mientras esperaba en la puerta de la casa de Avenida Melián. Tocó timbre una vez más y siguió esperando. “Qué hijo de puta, el televisor que se habrá comprado este guacho –pensó-. Siempre dándose todos los lujos”. Enseguida recordó los veraneos en La Feliz juntos, con sus familias y otras de amigos. Juan se hospedaba en el Hermitage mientras que él en el Cobagonda. No puede haber pasado mucho tiempo desde entonces. Recuerda nítidamente cuando le regaló a Juan y a su familia un perro Caniche Toy que llamaron “Flopy”. No les quiso dar un animal más grande porque sabía el miedo que tenía Mariana de que pudiera morder a alguno de sus bebés. A pesar de los temores, se enamoraron enseguida de la ternura de Flopy. Era tan simpático que se ganó el cariño de todos. Nadie del grupo de amigos se negaba a cuidarlo, alimentarlo o llevarlo a la veterinaria. El perro parecía pertenecer a todo el grupo de amigos. Sin embargo, mientras que Osvaldo le regalaba un collar con una chapita con el nombre “Flopy” grabado, Juan le compraba la mejor ropa importada para perros del mercado.
Tardaban en atender pero Osvaldo no se impacientaba. Tocó el timbre otra vez, se subió el cuello de su tapado y se apoyó en una de las altas columnas que sostenían el alero. La avenida estaba desierta esa tarde de domingo. Una persona que pasó en ese momento caminando por la vereda se quedó mirando a Osvaldo a través de las rejas sin interrumpir su marcha; también paseó la vista por el resto la fachada de la casa. Al fin, Osvaldo oyó el sonido de la cerradura y el portón blanco se abrió.
– ¡Os!, ¿Cómo andás tanto tiempo?
– Todo lindo, ¿vos Juancito? – respondió Osvaldo dándole un beso y entrando de prepo en la casa.
– Vení, vení. Entrá que hace frío – Juan se apartó de la puerta y dejó entrar a su amigo que ya tenía medio cuerpo dentro. Osvaldo caminó adelante hasta pasado el hall de entrada.
– ¿Llegaste bien? ¿Te acordabas de mi casa? – preguntó Juan.
– Sí, sí, no hubo problemas.
Pasaron las puertas vidriadas y entraron en el salón. Era una gran habitación de techo alto y paredes color crema. En el centro del ambiente había dos sillones grandes y dos de un cuerpo acomodados alrededor de una mesa ratona de vidrio. Al mismo tiempo, todos estaban ubicados para poder apreciar el enorme televisor pantalla plana colgado en la pared. Cuando Osvaldo vio los parlantes diseminados por los rincones del ambiente, no pudo evitar que se le escape un “yo sabía” para sus interiores. Recién en ese momento se detuvo a observar a su amigo. Parecía no llevar encima más que una bata y unas pantuflas. “Desnudo desde los tobillos hasta el cuello”, pensó Osvaldo sonriendo. Intentó disimular su mueca.
– Qué lindo lo que hiciste con la casa. -dijo Osvaldo sin mucha expresión.
– Gracias.
El ambiente estaba muy calefaccionado. Osvaldo se sacó su tapado y lo apoyó en el respaldo de un sillón.
Vení, vamos a sentarnos- invitó Juan mientras se sentaba en uno de los sillones amplios. Osvaldo tomó uno de los de un cuerpo enfrente al de Juan. – ¿Querés tomar algo?- preguntó Juan señalando instintivamente un pasillo detrás suyo que conducía a una pequeña puerta de madera que estaba entreabierta. – Mirta preparó chocolate caliente para la ocasión. Si no, hay café, té, lo típico.
– Uh, te voy a aceptar un chocolate caliente. Hace años que no tomo.
– ¡Mirta, traenos un chocolate caliente y un café!- gritó Juan hacia el pasillo. Enseguida se empezaron a escuchar sutiles choques de metal proviniendo de ahí. También Osvaldo se percató de los sigilosos retos de una mujer. “Salí, correte… ¡Cómo jodés!”, escuchó.
– ¿Cómo anda Carla?- le pregunta Juan a su amigo que estaba distraído. Osvaldo miró a Juan y trató de entender la pregunta que le hizo- ¿Cómo anda Car?- insistió.
– Bien, bien. Sabés cómo es ella, salió con amigos –contestó angustiado.
– Lo mismo que estás haciendo vos.
– Si, tenés razón- dijo Osvaldo sonriendo una vez más- ¿Y Mari? ¿Cómo anda?
– Fue a hacer las compras con los chicos. Ya debe estar por volver.
– Mmm- musitó Osvaldo.
– ¿El laburo?
– Ahí anda, bien, como siempre. Quiero empezar algo nuevo, un nuevo emprendimiento, aún no sé qué.
– ¿Sabés a quién vi la otra vez?- recordó de pronto Juan.
– ¿A quién?- preguntó Osvaldo, mirando hacia la puerta entreabierta y preguntándose cuánto más tardaría su chocolate caliente. En ningún momento había dejado de escuchar los “salí” y los “correte”.
– Al Cabe
Osvaldo volvió a mirar a Juan.
– ¿En serio? ¿Dónde? ¿Cómo anda?
– Igual que siempre el pobre. Ni lo saludé, me hice el boludo y creo que él también- soltó Juan riendo.
De pronto, se escucharon fuertes ruidos del otro lado de la puerta. Juan no se inmutó pero Osvaldo volvió a mirar hacia ahí intuyendo que ya venían las bebidas. Desde ese lugar podía distinguir la gran luminosidad de la cocina de grandes ventanales que daban a un jardín. También veía una parte de una mesada de mármol y la puerta de una alacena que estaba bajo ella. Una especia de gran cola gris pardo cruzó rápidamente. “¿O habrá sido una trompa?”, se le ocurrió pensar por un instante a Osvaldo.
– Tenemos que hacer una reunión entre todos e invitar al Cabe, a Buffo y a la Rata para cagarnos de risa un rato- bromeó Juan, y volvió a reír, ahora con mucha fuerza.
– Sí, ¿no?- aceptó Osvaldo aún con la vista en la hendija abierta de aquella puerta.
Los dos amigos callaron durante quince segundos en el cual se escuchó un nítido “salí de acá”, seguido por un berrido de elefante. Osvaldo se paró de un salto.
– ¡¿Qué es eso?!- gritó espantado.
– Flopy ¿No te acordás de Flopy?
Osvaldo estaba paralizado.
– ¡Flopy, Flopy!- gritó Juan, y chistó.
De la puerta entreabierta se asomó tímidamente una larga trompa seguida por una gigantesca bola gris. El enorme animal se encaminó por el pasillo raspando las paredes con su gran panza. Iba dando pequeños saltos hacia ellos y balanceando su trompa de lado a lado. Se frenó al lado de Juan y este le dio unas palmaditas en la cabeza.
– ¿Así que andás molestando a Mirta, Flopy?- dijo Juan tiernamente y miró a Osvaldo. Él continuaba parado, con la vista fija en el animal. Estaba horrorizado.-Llamalo, a ver si se acuerda de vos-, continuó Juan.
– ¿Me estás cargando?- Contestó Osvaldo mientras se alejaba lentamente de la bestia que ya había empezado a lamer la cara de su amo. Aún más grotesca la situación, al animal le costaba besar a su dueño con semejante trompa y la alzaba erráticamente por el aire golpeando repetidas veces en la cabeza de Juan.
– ¡Salí! ¡Correte!- le ordenó Juan mientras lo intentaba apartar gentilmente con su brazo. –Dale, llamalo a Flopy.
– Pero… Flopy era un Caniche Toy- balbuceó Osvaldo sin poder creer lo que él mismo decía. Juan lo miró extrañado, como no entendiendo lo que su amigo le planteaba. – ¡Te volviste loco…!- Osvaldo intentó continuar la frase pero la interrumpió al ver el collar que estaba en el cuello del animal. De allí colgaba la misma chapita que él había comprado años atrás con la inscripción tallada sentenciando “Flopy”. –Ese… ese no es Flopy- trastabilló Osvaldo mientras seguía retrocediendo hacia el hall de entrada. Juan se puso serio:
– No sé qué te pasa. Un día empezaste a creerte superior a nosotros- afirmó. A Osvaldo le costaba aceptar lo que escuchaba. Esas tranquilas palabras no podían salir de una persona a quien esa monstruosidad le llenaba la cara de baba. –Cambiaste- concluyó.
Juan se puso de pie de golpe. Agarró a la bestia gris por la trompa y la empezó a arrastrar hacia Osvaldo.
– ¡Vení, loco, acaricialo como antes!- el tono de Juan se había vuelto más agresivo.
Cuando el animal estuvo cerca de Osvaldo, lo olió con su extremidad viscosa, se paró en dos patas y se avalanzó contra él, como buscando ser abrazado. Osvaldo lo esquivó antes de que le caiga encima y se dirigió rápido hacia la puerta de la casa. Justo en ese momento estaban entrando Mariana con dos chiquitos, cargando bolsas de supermercado.
– Hola, Os, ¿cómo estás?- dijo emocionada al verlo.
Osvaldo gritó desencajado: “¡Correte!, embistió a los pequeños, la empujó a Mariana con violencia contra la pared, traspasó las rejas y salió corriendo por la avenida empedrada, sin destino, y sin abrigo.