Vacaciones

julio 27, 2008

 

Gente linda, perdón por el retraso de las últimas actualizaciones. Me voy de vacaciones por un tiempo y el Blog se las toma conmigo.

Gracias por las visitas de todo este tiempo y los invito a releer mis viejos cuentos. Les dejo como yapa Dios, lo último que escribí. No duden en dejar comentarios.

Nos estamos viendo por ahí,

 

SB.

Dios

julio 27, 2008

     
      Dios existe. Al menos existe un ente con poder sobre todas las cosas. Sin embargo, no es como lo piensan las religiones. Dios no es un ente en sí sino un cargo que se ocupa por turnos. Sólo unos pocos pueden llegar a ser Dios y son elegidos y capacitados desde su infancia. Al ser la persona más sabia en ese momento, Dios es el encargado de elegir y educar a su sucesor.

     
      No cualquiera tiene acceso a esta información. Yo lo sé porque a mí me fue prometido ser Dios. Cuando era chico, muy chico (no me acuerdo exactamente a qué edad), estaba una tarde de sábado sentado en el mármol de la gran escalera blanca de mi casa. Mientras paseaba mi vista por el techo, las paredes y los cuadros, una voz empezó a hablarme desde adentro de mi cabeza. La voz era tranquila y gentil, y me explicó que era Dios y cuál era su propósito conmigo. Me invitó a su lugar de trabajo y, en el momento en que accedí, aparecí sentado en una silla frente a un gran escritorio de vidrio. Del otro lado había una silueta amorfa, una especie de sombra o de humo.

     
      La voz en mi cabeza seguía hablando, pero ahora por alguna razón sabía que provenía de esa silueta. Me explicaba que desde ahí gobernaba a todo y a todos. La habitación estaba hecha enteramente de vidrio, o algún material transparente. En las paredes, techo y piso se veía lo que Dios quisiera. No es que se “veían” precisamente, sino que aparecían ahí, en tres dimensiones, en el tiempo real de esos lugares, algo que pasaba o pasó en el planeta o en el universo en cualquier momento.

     
      Algunas de las pocas imágenes que pude entender fueron: un grupo de estrellas chocando entre sí, un chico con gorra y bate de béisbol jugando en una plaza, unas figuras casi geométricas, una especie de perro musculoso que caminaba de espaldas, un grupo de personas desnudas en una cama gigante acariciándose y pegándose entre ellas, cosas brillantes, una burbuja verde, y mucho, mucho, mucho negro. Algunas de esas imágenes aún visitan mis pesadillas.

     
      Después de pasar un rato en esa habitación, me despidió prometiendo llamarme más adelante para empezar con mi capacitación. Volví a mi escalera y nunca más supe nada de Él. Durante muchos años esperé novedades suyas. Al cumplir cuarenta años, decidí venir a vivir a la montaña. Cada tanto, salgo de mi cueva y me asomo al acantilado, inspiro profundamente y miro a lo lejos. Desde ahí, presiento el campo, las ciudades, los ríos, el océano, los ciervos, los delfines, las palomas, las estrellas, los autos, las naranjas, los hombres, la rubia de grandes tetas que dobla la esquina, la nenita de la mano de su mamá, las mollejas al verdeo, la tecnología, el oro, el amor.


      Por eso, casi nunca me asomo. La última vez que salí de la cueva me agaché y arranqué una flor silvestre. Ahora la veo en mi mano casi marchita. “Tengo una flor”, me digo. Pero, ¿por qué no un tulipán? ¿por qué no cincuenta tulipanes? ¿por qué no el Amazonas? Al menos si me tuviera a mí mismo…

Cita de la semana 17

julio 27, 2008

 

“Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”, Eduardo Galeano.

Golpes

julio 14, 2008

      
      Se me clavó un colmillo en el paladar. Siento como si un destornillador que se me metiera en la carne dura del paladar. La sangre se confunde con la saliva. Hace rato que dejé de controlar la saliva, que se escabulle por mi mandíbula rota y mi boca deformada. Y la baba roja cae lentamente por mi cara y hacia mi remera.

     
      Es raro a esta altura sentir un dolor distinto. Y ese diente con su dolor seguirán ahí hasta que otro martillazo los saque de su lugar. El último dolor novedoso que sentí fue cuando se me rompió la oreja. Los cartílagos se convirtieron en pequeños pedacitos que crujían constantemente. A la larga, y después de otros golpes, mi tímpano izquierdo quedó destruido. En esa oreja ya casi ni siento dolor, como tampoco escucho nada.

     
      También fui perdiendo gradualmente sensibilidad en otras partes de la cabeza y el cuerpo. Parece que, a pesar de que los martillazos siempre son en la cabeza, todos los nervios están conectados. De esa manera, todo el cuerpo sufre las consecuencias.

     
      Lo mejor es cuando quedo inconciente. Para que suceda eso no me tiene que golpear en ningún lugar en especial. Generalmente quedo inconciente cuando me pega varios martillazos seguidos o cuando acierta uno justo en alguno de los moretones que tengo más sensibles. Pero también puede pasar de improviso, con un golpe seco en cualquier lugar. Es entonces que pierdo la noción de todo. Cuando despierto siento que tengo un montón de moretones nuevos, pero no sufrí los golpes que los provocaron.

     
      Por supuesto que no me quejo ni me voy a quejar de esta situación. Todo esto es mi culpa, soy yo el que no para de poner la cabeza en el camino de su martillo. Y si me quejo, él se va a dar cuenta de que es mi culpa y me va a echar en cara que nunca le dejo usar su martillo libremente, de que siempre le pongo mi cabeza en su camino.


      A veces sospecho que ya lo sabe y me lo comunica con indirectas, como pegándome dos o tres martillazos seguidos o amagando apuntar al ojo. Pero no falta mucho para que yo salga ganando de esta situación. Ojos, no tengo para que me golpee, ya se me explotaron los dos; oídos, sólo me queda uno en funcionamiento; y cada vez tengo menos sensibilidad en el resto de la cabeza. Cuando pierda lo que me queda, ya no podrá comunicarse conmigo. De esa manera él inevitablemente dejará de reafirmar esta culpa en la que estoy hundido.

Cita de la semana 16

julio 14, 2008

“Nunca pertenecería a un club que me acepte como miembro”, Groucho Marx.

La familia García

julio 7, 2008

     
      Los García son una familia como cualquier otra. Los dos padres –Julián y María- llevan casados 16 años. Tienen tres hijos: Julián (h) de 13 años, Mariano de 9 y Malena de 5. Los tres van al mismo colegio a la vuelta de su casa en el barrio de Colegiales.

      
      Al mediodía, los hermanos García no comen en el comedor escolar. Los dos mayores pasan a buscar a Malena por el preescolar y van juntos hasta su casa. María los espera a las 12:30 con la comida hecha. Comen y se vuelven a ir a las 13 para estar a las 13:15 de regreso en el colegio. De esta manera, los García ahorran plata y los hijos ven  a su madre más seguido.

           
      María está todo el día en la casa. Se dedica a ama de casa y a “madre”, como ella siempre bromea. Julián es comerciante. Tiene dos ferreterías, una en Colegiales y otra en Núñez. A la mañana trabaja en la de Colegiales y a la tarde en la de Núñez. Tiene dos empleados que se encargan de los otros horarios de la semana y de los sábados a la mañana, uno en cada ferretería. Los domingos los García siempre almuerzan juntos. Después, Julián se tira en el sillón a ver fútbol. Su hijo Julián (h) se sienta al lado suyo; es el deportista de la familia.

           
      Mariano en esos momentos se encierra en su cuarto –que comparte con Julián (h)- a leer libros de Alfaguara Juvenil. Cada tanto, María se acerca a preguntarle qué lee, a mostrarse interesada y a traerle más libros; al menos dos por semana, que Mariano nunca va a tener tiempo para leer.

           
      Más allá de la escuela y el deporte, otra actividad de Julián (h) es la de sacar a pasear a Malenita, su hermana menor. Todo el resto del día es la mamá la que está a cargo de Malena. Pero es la tarea de Julián (h) sacarla a pasear en los días de la semana a las 17 horas como mínimo 30 minutos, y los fines de semana como mínimo 45 minutos en el horario que más le plazca.

           
      Entonces, de lunes a viernes después de tomar la leche, Julián (h) agarra a Malena de la mano y van juntos por la calle Delgado hasta la plaza a cuatro cuadras. Ahí se quedan 15 minutos en los juegos y vuelven por Álvarez Thomas, completando la media hora. Los días que tiene que hacer 45 minutos le agrega una pequeña vuelta por el barrio.

           
      Otra de las funciones de Julián (h) es que, cada vez que saca a Malenita a pasear, tiene que darle por lo menos tres caricias en la cabeza. Él cumple siempre a rajatabla con su deber. Incluso, a veces y para que todos los miembros de su familia sepan que es el mejor hijo, le da cuatro o cinco caricias.

      
      Como se ve, los García están muy organizados para hacer todo lo que tiene que hacerse en una familia. Cada integrante de la familia se cree parte de los García, se siente perteneciente a la familia García. Sin embargo, cuando los hijos crezcan, se irán de casa y no volverán a verse. “Qué raro –dirá María-, si siempre nos preocupamos mucho el uno por el otro”.

Cita de la semana 15

julio 7, 2008

“Tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve a enfrentarse con mi vida”, Volver, Alfredo Le Pera.

HORMIGA

julio 4, 2008

           
      Juan odia a Alejandra. Alejandra es la hormiga que vive con él. Juan le da afecto y comida todos los días, pero la odia. Cuando se va al colegio, la deja en una cajita de fósforos sobre el escritorio y cuando vuelve le acerca alguna hoja seca que haya agarrado en el camino. Juan no lleva a Alejandra a la escuela, cree que si sus compañeros la conocen le van a tener asco y, por lo tanto, también a él.

            
      Cada vez que Juan ve a Alejandra no puede pensar en otra cosa que en sus ansias de agarrarla, arrancarle una a una sus seis patas y sus dos antenas, reventarle los ojos con la punta de un escarbadiente, abrir su cuerpo con una trincheta para ver caer sus tripas mientras sigue viva, para finalmente separarle la cabeza de un tirón. Sí, así de tanto la odia.

           
      Sin embargo, cuando Juan está en su cuarto, Alejandra siempre está a su lado y él le da de comer sin falta. Es que cuando Alejandra está comiendo y Juan está a punto de agarrar la trincheta y hacer lo que siempre planificó, se detiene a ver cómo ella manipula frenéticamente la hojita con sus flacas patas delanteras. Le sería muy fácil arrancárselas; “demasiado, diría él.

           
      Entonces, siente que en lugar de cortarle las extremidades y la cabeza, tiene que pasarle con delicadeza la yema del índice por el lomo hasta que se quede dormida. No es que alguna vez lo haya hecho, no; pero siente que debería. Por las dudas le pregunta “¿cómo estás?” y se ríe de sus chistes malos; sólo para que no se sienta tan frágil.

           
      Un día la seño lo retó por haberse quedado dormido en clase. Él estaba sentado en el banco cuando escuchó unos gritos. Levantó la cabeza y vio parada enfrente suyo la enorme figura de la “Gorda Susana”, como le decían a sus espaldas. Su tamaño era tal que tapaba los tubos de luz del techo y parecía ser de noche en el banco de Juan.

           
      La Gorda Susana le agarró la oreja y lo arrastró hasta la oficina del rector. Mientras ella lo llevaba de la oreja, Juan traducía ese dolor en odio: odiaba a la Gorda Susana, odiaba al rector, odiaba a Alejandra, odiaba a sus compañeros, odiaba a sus papás y se odiaba a sí mismo.

           
      Hace un tiempo que lleva una almohada cada vez que va al colegio para estar más cómodo. Después de firmar la amonestación ese día, volvió corriendo a su casa y se encerró toda la tarde a llorar mientras compartía hojas secas con Alejandra. “A una hormiga nunca le agarrarían de la oreja”, pensó. De todos modos, mientras la abrazaba, estaba conciente del odio que sentía por ella. Juan odia a Alejandra.

EL AGUJERO

junio 30, 2008

 

La forma más terrible
de presentarse ante la vida

es estando consciente que

estás frente a ella.

 

  

      Donde antes estaba el cine ahora hay un agujero. Yo me di cuenta desde el primer día, pero a la mayoría de las personas les cuesta ver este tipo de fenómenos. Muchos siguieron yendo, desaparecían por un tiempo y volvían cambiados. Nunca nadie confesó dónde había estado ni qué había visto. De todos modos, se empezó a correr el rumor de que no se volvía igual del cine. Y pronto todos se enteraron de que, donde antes estaba el cine, ahora había un agujero.
           
      Los que volvían del cine afirmaban ver agujeros en todos lados, y no sólo donde antes estaba el cine. A muchos se los llevó el gobierno para hacer estudios psicológicos, pero no se encontró nada anormal. Sumado a esto, empezaron a circular datos sin fundamento, como el que decía que la tasa de suicidios en los “regresados” era un veinte por ciento más alta que en el resto, o que volvían con problemas de socialización. Yo no soy ningún experto, pero lo cierto es que la única característica que los diferenciaba del resto de las personas es que decían ver agujeros en todos lados.

           
      Algunos fanáticos al enterarse de los regresados fueron al cine –Dios sabe por qué-. Esa fue la última gran camada de regresados, ya que las autoridades se encargaron de hacer un cordón alrededor del agujero las 24 horas del día. Los de esta última camada no volvían igual a los anteriores. Estos ya no andaban diciendo que había muchos agujeros sino uno sólo –el del cine- que iba a ir agrandándose lenta pero inexorablemente. Si no fuese porque la gente aún no le prestaba atención a los regresados, quizás habrían producido paranoia en la sociedad.

           
      A pesar de todo, siguió habiendo casos aislados. Por lo general se trataba de oficiales de policía que caían al agujero durante su guardia. Alguien se agarró de eso para afirmar que los últimos regresados tenían razón, y que el agujero se estaba agrandando. Pero tan sólo con conocer nuestra institución policial uno sabe que es más probable que hayan caído por impericia profesional.

           
      Estos policías que volvían se negaban a vigilar el agujero, insistían en que no valía la pena hacerlo. El problema es que tampoco quisieron volver a la calle ya que aseguraban que nada importaba además del agujero. Esta actitud contradictoria fastidió a muchos y esos agentes terminaron siendo despedidos por presión popular. A pesar de que en general se seguía sin aceptar lo que estas personas decía y se adjudicaba a la pereza de los empleados públicos, eso no evitó que empiece a haber temor entre la población.

           
      Los casos de regresados se hicieron cada vez más aislados, en parte porque se emplearon medidas de seguridad más rigurosas alrededor del agujero del cine. Como casi todos los que caían eran policías a mí me pareció ridículo que aumentaran la cantidad de oficiales en el agujero. Pero la gente tenía miedo, y las autoridades no le pueden negar nada a una población con miedo.

           
      A partir de estas medidas de seguridad empleadas y de los despidos de los agentes regresados, empezó a haber escasez de presencia policial en las calles. Ya nadie quería ser reclutado, temían caer en el agujero. Esta falta de policías se notó cuando hubo problemas de tránsito o conflictos domésticos. A diferencia de lo que se puede pensar, los robos, asesinatos o violencia disminuyeron drásticamente: la gente le tenía demasiado miedo al agujero como para pensar en otra cosa. La consecuencia negativa de la falta de oficiales en las calles es que las personas se sentían aún menos contenidas.

           
      A pesar de todo esto, aún había unos que negaban la existencia del agujero. Le echaban la culpa de su creación a “esta sociedad enferma de hoy en día”. También hablaban de manejos políticos. De todos modos, estas personas tampoco podían evitar vivir con miedo. No tanto al agujero, sino que temían el temor de la gente.

           
      El terror sacudió el corazón de todos cuando los informativos comenzaron a transmitir noticias de personas que encontraban agujeros en su cocina, en su habitación, o en su oficina. Y eran personas comunes, que jamás habían ido a esos cines. De dos casos pasaron a once, después a 36. Eran pocos en proporción con toda la sociedad, pero el número se acrecentaba a cada momento.

           
      Como sucedió con los regresados originarios, estas personas comenzaron a evitar pasar por los lugares donde veían agujeros. Pronto nadie pudo distinguir qué tipo de regresado era cada persona o siquiera si eran regresados o no. Sólo se veía un montón de personas que basaban su vida en evitar lugares donde aseguraban que había agujeros. Lo curioso es que cada persona no veía agujeros en los mismos lugares que el resto. Es por eso que yo nunca terminaba de creerles y seguía pensando que se trataba de un problema psicológico o neurológico que se contagiaban de alguna manera el uno al otro.

     
      Entre los que percibían los agujeros se empezó a adorar en vida a los regresados originarios, a esos que accidentalmente cayeron al agujero cuando iban al cine a divertirse o a pasar el rato con su pareja o amigos. Ellos, que durante mucho tiempo habían sido ninguneados por la sociedad, ahora gozaban de reputación y eran seguidos por los “percibidores”.

     
      El número de percibidores creció tanto que empezó a representar un tema de mayor importancia que el del agujero en el cine. A pesar de que aún se les hacía lugar en algún medio a discursos negadores, ya nadie los escuchaba. Quedó aún más legitimada esta nueva forma de vida cuando en las siguientes elecciones se impuso una persona que decía ser un regresado originario. No había ninguna prueba al respecto, pero tenía mucho carisma. En un principio nadie creía que había solución a los agujeros, pero al menos se sentían representados y entendidos por el poder político.

     
      La extraordinaria imagen positiva con la que asumió el nuevo intendente no tardo en caer abruptamente. La primera medida que tomó fue por decreto e instauraba que todos los ciudadanos se muden de sus casas a otras en el otro extremo de la ciudad. También debían cambiar de empleo y –en lo posible- de pareja. El estado se encargó de los gastos administrativos y de transporte.

     
      Todos los percibidores –que ya eran la mayor parte de la población- accedieron con entusiasmo. Realmente se llenaron de esperanza de poder mejorar su calidad de vida, e incluso de poder retrotraer su rutina a como era antes de volverse percibidores. Es por eso que no escucharon las voces disidentes de otras personas que decían ser regresados originarios. Tampoco les molestó el enorme déficit presupuestario que esto generaba en el estado (para peor, después de todo esto, corrieron versiones de que se aprovechó el gran gasto para robarse dinero de las arcas públicas sin que nadie se diera cuenta o se molestara en controlar “¿Qué le hace una mancha más al tigre?”, dice el refrán).

     
      Por unas semanas, la ciudad fue más feliz que nunca. A las personas les costó adaptarse a la nueva vida, pero caminaban y hablaban libremente, sin temor. Sin embargo, como toda buena noticia, no duró. Al poco tiempo la gente empezó a ver agujeros en sus nuevas casas, en sus nuevos trabajos, en sus nuevos bares donde se juntaban a tomar nuevos tragos con nuevos amigos. Fue terrible. Todo se volvió aún peor que antes.

     
      Nadie volvió a confiar en el intendente, la gente decía que no era un regresado originario después de todo. Afirmaban que sino, habría sabido lo que iba a suceder con su decreto. Pero tampoco nadie hizo ningún tipo de esfuerzo para convocar a nuevas elecciones. Se dejó de creer en cualquier persona que decía ser un regresado originario. Ya nadie escuchaba a nadie.

     
      Hoy la gente camina con los pies pegados a la vereda y con la cabeza gacha. Creo que era mejor la desesperación de hace un tiempo que esta desesperanza. Y cada vez le creo más a los de la última gran camada de regresados, a los que voluntariamente enfrentaron el agujero: sólo hay un agujero, y este creció. No hay lugar donde mire y no vea agujero.

Cita de la semana 14

junio 30, 2008

“La costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las pupilas. Poco a poco nos aprisiona la sintaxis, el diccionario, y aunque los mosquitos vuelen tocando la corneta, carecemos del coraje de llamarlos arcángeles. Cuando una tía nos lleva de visita, saludamos a todo el mundo, pero tenemos vergüenza de estrecharle la mano al señor gato, y más tarde, al sentir deseos de viajar, tomamos un voleto en una agencia de vapores, en vez de metamorfosear una silla en transatlántico.

… Confecciónate una nueva virginidad cada cinco minutos y escucha estos consejos como si te los diera una moldura pues aunque la experiencia sea una enfermedad que ofrece tan poco peligro de contagio, no debes exponerte a que te influencia ni tan siquiera tu propia sombra”, Oliverio Girondo, Espantapájaros.


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